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LA NAVIDAD, LOS EXCESOS Y EL AÑO NUEVO
Llegan las Navidades y, con ellas los excesos. Si la característica principal de nuestra relación con la comida, en los países desarrollados, es la sobrealimentación, en general, comemos más de lo que podemos, en el final de año tendemos a culminar con broche de oro, lo que llevamos haciendo el resto del año: comer en exceso y descargar con la comida. Además, este año tiene un aliciente nuevo, en la medida que no me siento bien... por la crisis, más motivo para descargar. Sin embargo, la pregunta sería, ¿por qué tendemos a comer en exceso, y además, por qué tendemos a consumir en exceso determinados alimentos?. Para responder a esta pregunta hace falta enumerar tres factores y relacionarlos.
LA ORALIDAD Y LA COMPENSACIÓN El alimento es algo que entra por la boca y sirve para nutrirnos, esto es, no solo para tener placer o para llenarnos, que también; sino basicamente para obtener energía y combustible para funcionar (vivir, pensar, correr, trabajar, realizar esfuerzos o cuestionar). Cuando nacemos, nuestro contacto con el mundo se realiza principalmente por la boca, es la etapa oral (entre 0 y 3 años), en esa etapa necesitamos satisfacer nuestras necesidades básicas, de alimento físico (comida), de sustento (cuidado físico) y de alimento emocional (cariño). Venimos del paraíso (embarazo), un mundo, en general, de paz y sosiego donde estamos nutridos, apoyados, sostenidos, atendidos y cuidados todo el tiempo, las 24 horas del día. En la etapa oral buscamos alimento con la boca, a través del pezón con el objetivo de sentirnos plenamente atendidos, nutridos y aceptados, pero cuando ésto no se da o lo hace a medias, entonces tendemos a estancarnos en esta etapa de oralidad. Y emeerge un estado de ansiedad e insatisfacción recurrente. Al no satisfacer nuestras necesidades globales de alimento, sustento y cariño, puede que, sin buscarlo, nos pasemos el resto de la vida, o gran parte de ella, buscando la satisfacción oral perdida, y, sin ser conscientes, tendamos a comer más de la cuenta, a engullir y a descargar con la comida, como vía para lograr la plenitud perdida y tan visceralmente anhelada. De esta forma, podríamos afirmar que, la historia personal, de gran parte de las personas, con la comida, es la historia de las compensaciones alimentarias. Comemos, más que para nutrirnos, en muchos casos, para compensar las insatisfacciones del día a día.
LA OFERTA ALIMENTARIA Independiente de lo que acontece dentro de nosotros, hay una realidad externa con el alimento, y esa realidad es aplastante. La oferta de comida que tenemos es amplia, excesiva y casi obscena. Tanto para elegir que no sabemos. Cada vez más las estanterías de las superficies alimentarias están repletas de comestibles (sustancias que se pueden comer pero que no aportan nutrientes), en vez de alimentos (sustancias que aportan nutrientes y vitalidad). Tales comestibles no existen en la naturaleza, están manipulados de una u otra forma: sabor, color, textura, olor, brillo, tamaño, efecto en el paladar, capacidad de atracción, etc. Comida no natural y si comida industrial, y aquello que no es natural, está desequilibrado energética y nutricionalmente, con lo que no nos sacia sino que nos desequilibra. Quiere esto decir que, solo tendemos a consumir en exceso aquello que está desequilibrado: la comida industrial, en forma de chocolate (que no el cacao solo), azúcar, dulces, pasteles, helados, galletas, bollería, cakes, hamburguesas, salsas, mahonesas, ketchups, refrescos, etc. No tendemos a consumir en exceso alimentos naturales sin manipular: cebolla, zanahoria, manzana, arroz integral, garbanzo, almendra, agua, semilla de sésamo, pescado, etc. Quizás si, zanahorias avinagradas, manzana caramelada, agua con gas o gaseosas, latas de atún o almendras fritas y saladas. Desde esta perspectiva, podemos afirmar varias cuestiones:
Al vivir en este tiempo de tanta oferta alimentaria, ocurre que, cada persona, necesita decidir que quiere comer y qué combustible necesita para funcionar. Antiguamente, a mediados del siglo pasado, no había tal problema, pues las papas eran papas, la leche era leche y la zanahoria o el plátano también; pero hoy, no sabemos lo que comemos, de dónde viene, que ingredientes se le han añadido, como se ha maquillado su estética..., simplemente no sabemos. Y si no sabemos, entonces necesitamos elegir, pues ciertos alimentos nos debilitarán y otros nos fortalecerán. Comiendo la comida que más se come habitualmente en los países desarrollados: carne y azúcar (hasta un 65% de la ingesta calórica) en forma de carne industrial, embutidos, fritos, lácteos industriales, bollería, cereales refinados, refrescos y postres industriales, nuestra salud se empobrecerá, nos desmineralizaremos, debilitaremos nuestro sistema nervioso y perderemos fuerza digestiva, la consecuencia inmediata es que nuestra defensas bajarán y enfermaremos con más asiduidad, no solo en forma de determinadas patologías sino que se agriará nuestro carácter, perderemos sueño, nos cansaremos, habrá más ansiedad, nos enfadaremos más y, especialmente nos fragmentaremos. La comida moderna es refinada y fragmentada. Cuando comemos habitualmente tal comida tendemos a perder nuestro centro, la capacidad de reflexionar y cuestionar, de pensar por nosotros mismos y nos sentimos cada vez más frágiles, sin claridad ni cohesión interna, tendemos a perder nuestro rumbo en la vida y a no saber dirimir lo que nos beneficia de lo que nos debilita. Así que, cuando estamos fragmentados nos dejamos llevar por alimentos pobres y nos empobrecemos como personas y, tendemos a caer en el comer en exceso, en el compensar y en dejarnos llevar por la oralidad primaria. Teniendo en cuenta que, todo lo que tiene cara tiene reverso, las Navidades son una excelente oportunidad para tomar conciencia de la oferta alimentaria, indagar en nuestro nivel de oralidad y compensación y apostar por encontrar cohesión interna frente a la fragmentación. Lograr comer de forma equilibrada en esta época de incertidumbre y desconcierto exterior, con alimentos vitales, completos y balanceados redundará en nuestra claridad y coherencia interna, y especialmente, creará certidubre y dirección interna clara, lo cual puede ser uno de los mejores obsequios que podamos regalarnos para el Nuevo Año.
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